martes, 7 de septiembre de 2010

domingo, 5 de septiembre de 2010

Frente a frente (borrador descartado de locura o muerte)

Qué me queda de ti, sumido en las simas de la tarde, bajo la sombra larga y su olvido alado, qué me queda de ti, en la caída desde el cénit al silencio inerme de la muerte, muerte de viejas luces, horizonte de palabras muertas.
Qué me ha de quedar de ti le pregunto a este espejo, muerte joven que a través de los años me persigues, de sueño en sueño, de cielo en cielo, de noche en noche, de árbol en árbol y voz a voz, sombra a sombra, beso a beso, grito a grito, palabra a palabra, a través del silencio y su desierto vivo, a través de mis ojos y su luz callada, caricia a caricia y odio a odio, a través de los ríos, las ciudades y las montañas, a través del secreto y de sus aguas, a través de la mentira y sus verdades, dolor a dolor, de amor a esperanza, de ciego a ciego, de golpe a golpe, de sexo a sexo, de jaula a jaula, de cordura a locura y viceversa, de ti a mí y a ti y a él y a mí de nuevo, de angustia en angustia, a través de las arterias, de venas a corazón, de sesos a uñas, de palabras, de palabras siempre, de segundo a segundo, de año en año, a través del ocaso y del alba, a través de todos y todos los mundos, a través de la nada, de la nada al infinito y al fin a mí, por mí de nuevo.
Muerte querida, muerte nacida conmigo y para mí, compañera de vida, amante absoluta, vieja amiga qué me ha de quedar de ti, me pregunto y te pregunto frente al espejo.

miércoles, 25 de agosto de 2010

La casa

Llegaste a la casa cerrada sin expectativas. La calle, sus aceras, sus árboles y fachadas eran tal y como las habías imaginado, con los mismos colores suaves pero vivos. El sol iluminaba oblicuo tu vereda y por entre las ramas hacía surgir tu sombra andante sobre las paredes. No hacía excesivo calor y sólo un puñado de transeúntes y coches animaban la escena. Tú caminabas sin prisa, observando cada detalle, paladeando y en definitiva disfrutando de un momento que nunca valoraste como algo más que un mero trámite más bien tedioso y gris. Al llegar te quedaste mirando por un momento la puerta sin pensar en nada, absorto en lo que bien pudiera parecer un sueño. De repente soltaste la maleta en el suelo y sacaste un llavero con una única llave reluciente de tu bolsillo izquierdo. De igual manera te la quedaste mirando por menos de un segundo con un atisbo de incertidumbre. Inmediatamente después y sin más dilación la metiste en la cerradura. Encajó a la perfección. Y giró, una y dos veces, mientras tus pupilas se dilataban discretamente. Al empujar la puerta tu estado anímico giraba en un limbo indeterminado de placer y asombro. La luz entraba radiante desde la ventana de enfrente hasta la puerta. Todo permanecía al igual que la última vez, intacto pero rejuvenecido. El verano había terminado.

lunes, 16 de agosto de 2010

Lo celeste

Lo celeste nace de la insondable profundidad del horizonte, del más allá de su levante, de las tierras más al este, de sus ignotos mares, valles y montañas. Lo celeste viene arrastrando su túnica hasta este mundo llano, hollado de cenizas y rastrojos, macilento como el sol en su denuedo cada tarde, donde también cabe la sombra reverdecida de una esperanza ardiente y calma.
Lo celeste, ese lugar adonde vuelan los pensamientos más leves y pesados, sus largas colas cual cometas de palabras, las emociones que trascienden la recia cárcel de la carne y su secreto; lo celeste, red que se extiende y expande como una verdad indescifrable, arrastrando todo instante memorable, todo destello o latido superiores, dignos de la memoria primero y su postrero olvido eterno.
Lo celeste anida en las oscuras horas del sueño y de la muerte, en su urgencia de llama e incendio, en su paciente y segura marcha absoluta y triunfal sobre el ajado calendario de los muertos de los muertos, para luego renacer, triunfo de los días, más allá de todo lo vivido.
Lo celeste son tus ojos, y tu vestido a veces, y tu pañuelo que vuela por encima de los árboles, y tu sonrisa rota por el blanco de tus dientes, y tu vientre, lo celeste a veces, el insomne sueño de tu vientre que crece desde las raíces de tu sexo y de mi sexo, desde tu deseo y mi deseo, porque a veces lo celeste es el amor, y otras sin embargo, la indiferencia de los dioses.
Y lo celeste, más allá de este pobre parlamento, es la excusa que yo tengo ahora, tan sólo ahora para quererte, así, de manera tan ciega, tan ignota, tan oscura y espiralmente celeste celeste celeste, cual misterio que trasciende las fronteras de la pura carne y la materia.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Destinos

Como siempre he de inventarte esta noche:
ciudad sublime, mar ansiado, mujer oscura
y muerte clara.

sábado, 31 de julio de 2010

Horizonte

El horizonte entero cabe reflejado
en el ojo de un caballo que galopa
con crines incendiadas...

martes, 27 de julio de 2010

Palabras de tarde

Hablo de nuevo, apuesto la mirada a la tarde, la dejo vagar por entre sus somnolencias, por entre sus luces a punto de morir, sus aires como gasas, su sol en blanco, sus humedales, su tierra ocre, su laberinto de aceras grises, sus infinitos pasos, sus miradas que huyen o se recuestan, su color fugaz de pájaro herido que busca el cielo, su silencio y las palabras que nacen como frutos huérfanos para llevarnos a la boca, y alimentar algún lugar dentro de nosotros, y hacerlas nuestras, tan nuestras, irremediablemente.
Apuesto a la tarde, hablo de nuevo, me pienso, es decir pienso en todo y en nada, si eso es posible al mismo tiempo. Me siento pensar, me agoto, me lleno, huérfano de todo, solo como todos, busco las palabras de los otros, ancestrales, más allá de mí, donde existo en los otros, más allá de la matriz primigenia de la nada a la vida, más allá de la muerte en los otros.
Y me pienso: no he dejado de respirar, sigo vivo, me despierto en la noche y confuso descubro que sigo vivo, que la muerte sigue siendo una falsedad enorme, una lejanía de horizonte que no ha de llegar nunca, hasta que el mundo se acabe en un abrir y cerrar de mis ojos.
Hablo de nuevo, apuesto la mirada a la tarde, y la tarde se apaga, y apuesto mi vida, y sonrío esperando en la noche a la mañana, y pienso en ti, y en todos, y vivo, y vivo, y sumo y sigo.

martes, 13 de julio de 2010

Alucinado

Aquí dormido, callado, silencioso, abro repentinamente los ojos, me acerco al espejo, me miro, me palpo los párpados, los pómulos, las pestañas, me beso los huesos de las manos, me tiro del pelo oscuro que no se cae, lo meso. Me giro desnudo y me visto con la ropa que arropa el suelo. Vuelvo a girarme, me acerco de nuevo y me beso en el espejo. Una sonrisa empieza a surgir, como una flor de acantilado en el olvido, enajenada y roja, imposible. Salgo a la calle de una tarde larga como el tiempo, como el sueño, como el ansia. Camino las aceras de la vida repentina e inconsciente. Veo a tantos sin ver a nadie. Flor enajenada e imposible. Y sin embargo, lúcido y desarmado arribo a tu balcón, y te grito, y te llamo una, dos, tres, infinitas veces, mientras las cortinas blancas se mecen al ritmo de la brisa, hasta que tu cara sorprendida rompe la fugaz eternidad, flor blanca de arena y agua, y yo te grito, alucinado y amante, que no vamos a morirnos nunca.

jueves, 8 de julio de 2010

Mentira

(mentira. 1.f. Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa.
2.f. Errata o equivocación material en escritos o impresos. Se usa más tratándose de lo manuscrito.
3.coloq. Manchita blanca que suele aparecer en las uñas.
4.coloq. Chasquido que producen las coyunturas de los dedos al estirarlos.
R.A.E.)

¿En qué consiste la mentira de las palabras,
sus uñas manchadas?
¿En hacernos más felices? ¿Más hermosos? ¿Más siniestros?
¿O simplemente en la necesidad de no saber,
de negar la realidad de una muerte absoluta?

La tarde se abre como una flor marchita
brindándonos olores de la infancia
sueños que ya fueron
tantas muertes sin más sentido ni razón
que las del tiempo y la materia.

¿En qué consiste la mentira de tus palabras
de mis palabras en la historia construida
con la grafología del instinto
y un saber tan ciego y tan amargo
y un crujir de dedos despreciable?

La tarde es una boca de lobo
que lame a sus cachorros
es decir nuestras palabras
como puñales de afán exacto
de mentiras inmortales.

miércoles, 7 de julio de 2010

Escribo

¿Por qué escribo? -me pregunto
¿Por qué la necesidad de crear? ¿Crear el qué? ¿Para qué?
El sudor me corre desde la frente hasta las cejas, se escurre por la sien hasta los pómulos y cae sobre la mesa.
Gotas de sudor. La luz eléctrica ilumina este rincón de la noche.
Afuera los perros ladran.
¿Por qué escribo? -me pregunto
Nadie sabe si amanecerá mañana.